SOY
HEREDERO DE MI PADRE
Cuando
encontramos algo que nos impacta, aquello que nos impacta se encuentra con
nosotros; una palabra, una canción, una imagen, una persona… y luego queremos
hacer eco de ello porque la experiencia es tan fuerte que nos lanza a
compartirla con aquellas personas con quienes convivimos. Precisamente porque convivimos con él, porque quisiéramos
que ese otro hubiese estado allí para vivir esa experiencia de encuentro y de
impacto emocional o físico, necesitamos transmitirlo, contarlo, dialogarlo, de
modo que al saber la opinión del otro, o que esa anécdota lo inspire a contar
otra similar, enriquezca nuestra experiencia desde otros puntos de vista.
Confiar
totalmente en Dios es difícil, no imposible. Si lográramos confiar en Dios de
la manera que Él nos pide y de la manera a la que su Hijo nos invitó (y Él nos
dijo cómo, por ejemplo, con la humildad), tendríamos carta abierta para
conseguir algo que está al alcance de la mano, aquello que es el fin del
Proyecto de Salvación de Dios Padre; alcanzar la Salvación en la Vida Eterna, y
a lo que nos “retó” Jesucristo, la Perfección, el desarrollo de todas nuestras
capacidades espirituales y, por qué no, físicas e intelectuales[1].
En
varias ocasiones este “Confiar en Dios” ha sido tema de conversación especialmente
con amigas (ellas tienen más disposición para abrir el corazón a Dios) y para
empezar entrego una pregunta ¿Cómo confiar en Dios? aun sin yo tener la
respuesta completa. “El Regreso del Hijo Pródigo: Meditaciones ante un cuadro
de Rembrandt” puede constituirse en un primer paso para iniciar ese camino
hacia la Confianza Total en Dios,
porque cubre una primera necesidad, como ya se anotó más arriba, ayuda a
asegurar (si se habla con claridad del libro) el deseo de querer creer. Es le camino que yo deseo iniciar.
Los Personajes de la Experiencia
Pues
bien, Nouwen nos cuenta su experiencia de acercamiento al cuadro de Rembrandt,
el impacto emocional al encontrarlo “Mi corazón dio un brinco cuando lo vi.
Tras mi largo viaje, aquel tierno abrazo de padre e hijo expresaba todo lo que
yo deseaba en aquel momento. De hecho, yo era el hijo agotado por largos viajes;
quería que me abrazaran; buscaba un hogar donde sentirme a salvo. Yo no era
sino el hijo que vuelve a casa; y no quería ser otra cosa.”[2] Es la disposición, el deseo, la búsqueda de
aquel abrazo que expresa todo “lo que yo deseaba” que al fin da un fruto;
comprobar que aquello deseado existe y se manifiesta en un signo concreto, en
este caso, un cuadro.
Tanto
el autor del cuadro, Rembrandt en el siglo XVII, como la Parábola de Jesús, en
la que se basa el cuadro, son analizados por Nouwen teniendo en cuenta las
características tanto socioculturales[3] como
espirituales de cada uno, de manera que logra explotar muchas más expresiones
espirituales, tanto de la parábola y del cuadro, como de la vida de Rembrandt[4]. El
análisis artístico e histórico del cuadro añaden otro atractivo a ese deseo del
querer creer, y, al menos para comenzar, el deseo de disfrutar del cuadro mismo
“Me sentí atraído por la intimidad que había entre las dos figuras, el cálido
rojo del mano del hombre, el amarillo dorado de la túnica del muchacho, y la
misteriosa luz que envolvía a ambos. Pero fueron sobre todo las manos, las
manos del anciano, la manera como tocaban los hombros del muchacho, lo que me
trasladó a un lugar donde nunca había estado antes”[5]
Cada
tipo de análisis enumerado en el párrafo anterior ayudan a Nouwen a organizar
finalmente la exposición que quiere hacer del cuadro, teniendo en cuenta lo que
podría llamarse una “secuencia” de la experiencia de Nouwen basada en la
autoproyección de él en los personajes del cuadro “Todo lo que he vivido desde
mi primer encuentro con aquella representación del cuadro de Rembrandt no sólo
me ha dado la inspiración para escribir este libro, sino que también me dio la
idea para estructurarlo. Primero me reflejaré en el hijo menor, después en el
mayor, y por último en el padre. Porque, de hecho, soy el hijo menor, soy el
hijo mayor, y estoy en camino de convertirme en el Padre. Y para vosotros, los
que váis a realizar este viaje espiritual conmigo, espero y rezo para que
descubráis en vuestro interior no sólo a los hijos extraviados, sino también al
padre y la madre compasivos que es Dios.”[6]
En Quien Busca el Hijo Menor al Marchar de Casa
El
deseo de querer creer es una disposición interior que parte de una experiencia
propia del cómo lo experimentó nuestro modelo, nuestro camino para acercarnos
al Padre, Jesucristo. Kénosis, el anonadamiento radical, la prueba definitiva
del amor de Jesús, es una forma de reconocernos necesitados del Amor del Padre,
tal vez no de humillarnos (Cristo ya lo hizo por nosotros) pero sí de despojarnos
de todo lo que creemos tener, incluso la supuesta necesidad de demostrar lo
valioso que creemos ser o que creemos poder llegar a ser, pero para el mundo
“Hay muchas otras voces, voces fuertes, voces llenas de promesas muy seductoras
[dicen] *Sal y demuestra lo que vales* […] Niegan que el amor sea un regalo
completamente gratuito. Dejo el hogar cada vez que pierdo la fe en la voz que
me llama *Mi hijo amado* y hago caso de las voces que me ofrecen una inmensa
variedad de formas para ganar el amor que tanto deseo”[7]
Nouwen resalta la primera razón para dar el
paso al Creer (esto es, a Confiar), para volver al Padre: reconocer que, en
muchas ocasiones, queremos demostrar lo que somos y valemos por una necesidad
inherente a todo ser humano, el deseo de ser amados, amor que se obtiene
con una condición (según el mundo) para ganarlo. Precisamente esa condición es lo
que nos aleja del Amor del Padre en tanto no nos permite reconocer que ese Amor
es ¡Gratuito! “Tengo tanto miedo a no gustar, a que me censuren, a que dejen de
lado, a que me tengan en cuenta […] que constantemente estoy inventando estrategias
nuevas para defenderme y asegurarme el amor que creo que necesito y merezco. Y
al hacerlo, me alejo más y más de la casa de mi padre y elijo vivir en un *País
lejano* [pero en ese país lejano, en el mundo] El amor […] es y será siempre,
condicional […]”[8]
Como
el Hijo Menor, estamos lejos de casa, del amor y la confianza en el Padre, ¿Qué
sucede cuando tomamos conciencia de esta lejanía? ¿Qué sucede cuando caemos en
la cuenta que en realidad no somos importantes para el mundo a pesar de
demostrar todo lo que creemos “valer”? ¿Qué cuando descubrimos que en esos
momentos de supuesta felicidad (un grado, un reconocimiento, una medalla…)[9] en
realidad no está el verdadero amor que tanto deseamos? Precisamente, nos
hacemos conscientes de lo perdidos
que estamos. Nouwen describe esta etapa, en el preámbulo del inicio del camino
hacia el Amor del Padre (el desear querer creer) con una fría exactitud que
asombra, pues nos posibles respuestas a la Envidia, la Pérdida de la Libertad
interior, el Resentimiento, la Desconfianza en el Otro:
“Lo que
ocurre es algo parecido a esto: no estoy seguro de tener un hogar y veo a otros
que parecen estar mejor que yo. Entonces me pregunto cómo puedo llegar donde
están ellos. Me empeño en agradar, en tener éxito, en ser reconocido. Cuando
fracaso, siento celos y resentimiento hacia ellos. Me vuelvo suspicaz, me pongo
a la defensiva y siento pánico la pensar que no conseguiré lo que quiero o que
perderé lo que ya tengo. Atrapado en este enredo de deseos y necesidades, ya no
sé cuáles son mis motivaciones. Me siento víctima del ambiente y desconfío de
lo que hacen o dicen los demás. Siempre en guardia, pierdo mi libertad interior
y divido el mundo entre los que están conmigo y los que están contra mí. Me
pregunto si realmente le importo a alguien. Me pongo a buscar argumentos que
justifiquen mi desconfianza. Y dondequiera que vaya los encuentro, y me digo:
*No se puede confiar en nadie* Y entonces me pregunto si alguna vez alguien me
ha querido. El mundo a mi alrededor se vuelve oscuro. Se me endurece el
corazón. Mi cuerpo se llena de tristeza. Mi vida pierde sentido. Me he
convertido en un alma perdida.”[10]
Entonces
viene la conciencia de nuestra libertad, quizá sea lo único que nos queda, la
razón por la que el Padre nos permitió marchar, pero, ¿de qué sirve si la
encaminamos de nuevo al mundo? Podemos, entonces, decidir hacia dónde nos
dirigiremos[11]
y pensar al menos solo una razón válida para que el Padre me reciba en Casa[12].
La primera razón, que lo hemos perdido todo y sólo tenemos un pensamiento en
mente “volver al Padre” al verdadero Amor. Ese primer paso es válido, el
sentirse perdidos “El hijo menor se produce en el preciso momento en que éste
reclama su vínculo filial, a pesar de haber perdido toda la dignidad que esto lleva
consigo. De hecho, la pérdida de todo fue lo que le llevó al fondo de su
identidad. Retrospectivamente, parece que el pródigo tuvo que perderlo todo
para entrar en lo profundo de su ser. Cuando
se encontró deseando que le trataran como a un cerdo, se dio cuenta de que no
era un cerdo sino un ser humano, un hijo de su padre[13].
Comprender esto fue el principio de su opción por vivir en vez de morir.”[14]
He aquí donde se encuentra la razón principal
y maravillosa del por qué desear querer
creer, de guiar nuestra Libertad y ponerla en el camino hacia el Padre: ¡Soy
Hijo de mi Padre! Esta es mi Identidad “Tú eres mi hijo amado, en quien me
complazco” como lo cita una y otra vez Henri Nouwen. Es el segundo paso en el
camino hacia el Padre, luego de reconocer que se está perdido, recordar y reconocernos que somos Hijos del Padre. El
tercero es elegir entre el camino hacia Dios o hacia el mundo y permanecer, de
resistir, ya que siempre estaremos tentados de “revolcarme en mi perdición y
perder el norte de mi bondad original, de la humanidad que Dios me dio, de mi
felicidad y, así, dejar que los poderes de la muerte ganen terreno. Esto ocurre
una y otra vez y, cuando ocurre, me digo a mí mismo *No soy bueno. No merezco
la pena. No valgo nada. No soy nadie* Siempre hay acontecimientos y situaciones donde elegir para convencerme a
mí y a los demás de que mi vida no merece la pena, de que sólo soy una carga,
un problema, una fuente de conflictos, o un explotador del tiempo y de la
energía de los demás. Mucha gente vive con este sentimiento oscuro. Al
contrario que el pródigo, dejan que la oscuridad les absorba tan completamente
que no les queda ninguna luz a la que volver.”[15]
El Riesgo Constante
de Ser el Hijo Mayor al Emprender el camino del Hijo Menor: La Conversión y la
Falsa Humildad.
Este
es el quid del presente ensayo: Sí, soy Hijo de mi Padre, además, soy heredero
de mi Padre. La segunda parte del Libro de Henri Nouwen hace una referencia
especial al personaje que acompaña la escena del Padre y el Hijo Menor: el Hijo
Mayor. Incluso casi se convierte en la parte central de todo el texto. También
yo había optado por tomar el tema que se plantea en la segunda parte, cuando
estaba culminando la lectura del libro, sin embargo, creo que el Hijo Pródigo
se puede tomar como el primer paso práctico, concreto, del camino hacia Dios.
Por supuesto, Nouwen también ve la necesidad del Hijo Mayor de reconocerse
perdido, pero, por muchas razones, me identifiqué personalmente aún más con el
Hijo Menor por coincidencia circunstancial.
Como
aclara Nouwen, la mayor tentación es creer lo que creía el Hijo Mayor; ser el
Hijo totalmente obediente y abnegado a la voluntad al Padre. En este análisis
Nouwen identifica dos características que muchas veces nos envuelven y que
incluso se convierten en un obstáculo en el camino del Hijo Menor; el
Resentimiento y la Ingratitud. Creer que, como lo hemos dado todo (aparentemente),
debemos recibirlo todo: “Los dos necesitaban sanación y perdón. Los dos
necesitaban volver a casa. Los dos necesitaban el abrazo de un padre
misericordioso. Pero queda claro por la historia y por el cuadro, que la
conversión más difícil fue la del que se quedó en casa.”[16]
El problema del Hijo servicial y obediente aparece cuando encuentra su
contraparte, aquello que no soportamos y rechazamos del otro cuando creemos ser
mejores “Sin embargo, el exravío del hijo mayor es mucho más difícil de
identificar. Al fin y al cabo, lo hacía todo bien. Era obediente, servicial,
cumplidor de la ley y muy trabajador. La gente le respetaba, le admiraba […]
Pero cuando vio la alegría de su padre por la vuelta de su hermano menor, un
poder oscuro salió a la luz. De repente, aparece la persona resentida,
orgullosa, severa y egoísta que estaba escondida y que con los años se había
hecho más fuerte y poderosa”[17]
Resentimiento,
falta de alegría y de compartir la alegría del otro quien ha sido
“desobediente”, la queja “por pequeños rechazos, faltas de consideración
descuidos” de los otros hacia mí. Pero todo esto tiene un antídoto. Nouwen nos devuelve
a la libertad de elegir conscientemente entre el bien y el mal. Elegir la
gratitud, el reconocimiento que todo es un don del Padre y la confianza en que
el Padre quiere encontrarme. Gratitud y Confianza Nouwen las describe como dos
disciplinas y, de hecho, es muy concreto en la descripción de cómo mantenerse
en el ejercicio de ellas al practicarlas, por ejemplo, “Es sorprendente la
cantidad de veces que puedo optar por la gratitud en vez de por la queja y el
lamento. Puedo elegir ser agradecido cuando me critican, aunque mi corazón
responda con amargura. Puedo optar por hablar de la bondad y la belleza, aunque
mi ojo interno siga buscando a alguien para acusarle de algo feo. Puedo elegir
escuchar las voces que perdonan y mirar los rostros que sonríen, aún cuando
siga oyendo voces de venganza y vea muecas de odio”[18]
Herederos de La
Gratitud y la Confianza
Puedo
practicar estas dos disciplinas porque el Padre ha aparecido en mi oscuridad,
puedo practicarlas porque, reconociendo que tengo nada, pero reconociendo que
soy Hijo de mi Padre, soy Heredero de Él. ¿Qué implica esta afirmación? Que Él se dona para que yo me done al otro,
para que, en la experiencia de su encuentro, de mi apertura, me una a Él siendo
uno con el otro, permaneciendo y configurándome con el Padre en el Hijo (en los
Hijos). Que el Padre/Madre protege mi parte más vulnerable con una de sus manos
y que con la otra potencia mi fuerza y
mi deseo de seguir adelante, hacia su manto, hacia su vientre[19] y
que siendo en Él puedo vivir el Dolor, el Perdón y la Generosidad. Que Él me espera, sin más razones que su
propio Amor. Que, de hecho, junto con Henri Nouwen, debemos buscar convertirnos
(configurarnos, ser uno[20]) en
el Padre pues “Tanto si eres el hijo mayor como si eres el hijo menor, debes
caer en la cuenta de que a lo que estás llamado es a ser el padre.”[21]
Hemos recibido del Padre, por medio del Hijo y con la Fuerza del Espíritu, sus
dones, su propia vida; somos herederos de la Vida del Eterno, de Abbá.
SOY
HEREDERO DE MI PADRE
ENSAYO
SOBRE EL LIBRO “EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO”
PLAN
DE LECTURA
Presentado
a: Pbro. Luís Fernando López
Presentado
por: Diego Silva
Seminario de Nuestra Señora
Propedéutico
Marinilla, 10 de Octubre de 2012
[1]¿ Cuántos Doctorados ha logrado Joseph Ratzinger, S. S. Benedicto
XVI?
[2] Nouwen, Henri J. M. El
Regreso del Hijo Pródigo: Meditaciones ante un Cuadro de Rembrandt. (Madrid
Editorial: PPC. 1999. 9° Edición) P. 8.
[3] En este sentido, por ejemplo, es impactante la gravedad que
tiene la acción del Hijo Menor cuando se
marcha de casa, analizando esta acción desde el punto de vista de
sociocultural, tal y como lo investigó Henri Nouwen “Así pues, la “marcha” del
hijo es un acto mucho más ofensivo de lo que puede parecer en una primera
lectura. Supone rechazar el hogar en el que el hijo nació y fue alimentado, y
es una ruptura con la tradición más preciosa
mantenida cuidadosamente por la gran comunidad de la que él formaba parte.
Cuando >Lucas escribe: “se marchó a un país lejano”, quiere indicar mucho
más que el deseo de un hombre joven por ver mundo. Habla de un corte drástico
con la forma de vivir, de pensar y de actuar que le había sido transmitida de
generación en generación como un legado sagrado” (P. 41)
[4] Cada capítulo contiene una referencia específica al contexto en que
se explica cómo Rembrandt se identifica con
cada personaje, especialmente con el Hijo menor y con el Padre, por
ejemplo, al comenzar el primer capítulo “Cuando miro los autorretratos que
Rembrandt dibujó con tanta profundidad en sus últimos años y que explican en
gran medida su habilidad para pintar a aquel padre radiante y al anciano Simeón, no puedo olvidarme de
que cuando Rembrandt fue joven tenía todos los rasgos del hijo pródigo:
descarado, autosuficiente, manirroto sensual y muy arrogante” (P. 35) Sin
embargo, “Una persona tiene que morir muchas veces y derramar muchas lágrimas
para poder pintar un retrato de Dios con tanta humildad” (P. 27)
[5] Nouwen, El Regreso del Hijo
Pródigo, P. 7.
[6] Nouwen, El Regreso del Hijo
Pródigo, P. 29.
[7] Nouwen, El Regreso del Hijo
Pródigo, P. 45.
[8] Nouwen, El Regreso del Hijo
Pródigo, P. 46.
[9] Por supuesto se debe entender también que en estos
“reconocimientos” encontramos también signos del Amor de Dios, sin embargo,
estos reconocimientos nos alejan del Amor del Padre cuando esta búsqueda de
reconocimiento se convierte en una Adicción, como lo propone Henri Nouwen (en
Pág. 47).
[10] Nouwen, El Regreso del Hijo
Pródigo, P. 52. Ofrezco disculpa por la cita extensa, la razón es que puede
ser central para describir el proceso emocional cuando nos sentimos “perdidos”;
primera paso dado del deseo de querer
creer.
[11] Cfr. Nouwen, El Regreso del
Hijo Pródigo. P. 55. Nouwen señala la naturaleza de nuestra capacidad de
ejercer la libertad para decidir y elegir “Dios dice: *Pongo hoy por testigos
contra vosotros al cielo y la tierra: ante ti están la vida y la muerte, la
bendición y la maldición. Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia, amando
al Señor, tu Dios, escuchando su voz y uniéndote a él* (Dt. 30, 19-20) Así
pues, es cuestión de vida o muerte. ¿Aceptamos el rechazo de un mundo que nos
aprisiona, o exigimos la libertad de los hijos de Dios? Tenemos que elegir.”
[12] Nouwen describe esta extraña paradoja “Aunque reclamo mi verdadera
identidad como hijo de Dios, sigo viviendo como si el Dios hacia quien vuelvo
exigiera alguna explicación” P. 57.
[13] Cursiva y subrayado mío.
[14] Nouwen, El Regreso del Hijo
Pródigo, P. 54.
[15] Nouwen, El Regreso del Hijo
Pródigo, P. 56.
[16] Nouwen, El Regreso del Hijo
Pródigo. P.73.
[17] Nouwen, El Regreso del Hijo
Pródigo. P. 78.
[18] Nouwen, El Regreso del Hijo
Pródigo. P. 93.
[19] Cfr. Nouwen, P. 108-109.
[20] Cfr. Jn 17.
[21] Paul Baudiquet, La vie et
l’oeuve de Rembrandt, Paris, ACT Edition-Vilo, 1984, Pp. 210 y 238. Citado
por Nouwen, El Regreso del Hijo Pródigo,
P. 27.
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